11/12/09

Fin de la clase obrera: El ocaso del proletariado maquinado por la industria capitalista


…Then they bring them to the factory
where the heart-attack machine
is strapped across their shoulders.

- Bob Dylan

Por Ismael Fernández P.

En la historia de la humanidad se han dado diversas relaciones sociales entre las clases que componen dichas sociedades. Así, tenemos a los amos que dominaron a los esclavos, a los nobles y su relación señorial con los siervos, y en la sociedad capitalista, que caracteriza los últimos siglos de nuestra historia, vemos la existencia de la relación entre burguesía y clase obrera asalariada.

En el siguiente ensayo desarrollaré la idea del fin del proletariado como clase social, y cómo el sistema capitalista ha creado, en su beneficio, las instancias propicias para este desenlace. Siguiendo un orden argumentativo, entregaré antecedentes de las circunstancias que determinaron las condiciones materiales de existencia de la clase obrera del siglo pasado, y como la aparente despreocupación de las artes en las últimas décadas ha activado la alarma que nos hace preguntar ¿por qué ya no hay interés en la clase obrera y sus condiciones sociales?

Los avances en la industria y las condiciones del proletariado urbano
La industria que ha caracterizado a las sociedades modernas, tuvo sus inicios en la Revolución Industrial a fines del siglo XVIII. Hasta la fecha, diferentes avances tecnológicos han cambiado las formas de vida de cada uno de los actores de estas sociedades: desde la creación de la primera máquina de vapor por James Watt en 1768, la invención del primer motor eléctrico, el dínamo, por Siemens en 1866, hasta el motor con mecanismos en base a petróleo diseñado en 1883 por Diesel. El trabajo del hombre comenzó a ser reemplazado por un trabajo hecho por máquinas, que suponía no sólo un adelanto para la productividad, sino que una mejora en los productos ofrecidos para el consumo humano.

Todos estos avances, presumieron una mejor calidad de vida para las personas que componían sociedades cada vez más complejizadas, pero fue la misma historia y su devenir accidentado la que dio a conocer un panorama muy distinto, más bien desolador.

Con la Revolución Industrial, la historia de los distintos pueblos se convirtió en historia mundial y global, en historia de un mundo único1. Por tanto, el tema de la cuestión social y las condiciones del proletariado urbano se volvieron también globales: una clase obrera universal caracterizada por las precarias condiciones de vida, su papel cada vez menos protagónico en la producción industrial-burguesa, y obligada a sobrevivir dentro de una creciente división del trabajo.
Es así como Marx y Engels nos hablan de una clase obrera diseminada y disgregada por la competencia. Una industria dominante que “ha transformado el pequeño taller del maestro patriarcal en la gran fábrica del capitalista industrial”2. Obreros que han sido arrancados de sus raíces humanas, para ser convertidos en sujetos alienados que aseguren el andar de fríos aparatos, bajo el precio de ser considerados como tales, incluso menos. El hombre como mero apéndice de una máquina, según Marx3.

La preocupación en el arte, la crítica social y el retrato del obrero
El tema de la alienación que sufre el hombre de su propio trabajo, es caricaturizado con maestría por Charles Chaplin en su película Tiempos Modernos (1936), bajo un claro sentido de crítica social. A través de su famoso personaje, Charlot, grafica las condiciones de empleo que sufre la sociedad industrial a principios del siglo XX, época caracterizada por la producción en cadena y el desarrollo de maquinaria pesada, la organización taylorista del trabajo, crisis económicas y los consecuentes índices de desempleo.

En Tiempos Modernos vemos a un obrero vuelto un ser disímil a su trabajo, inmerso en la competencia, en el constante miedo a perder su fuente de empleo, y a la violencia que todo eso conlleva. Charlot se vuelve un ser en sí cuando está lejos de la fábrica, apartado de la presión de un trabajo que no le es suyo, y se vuelve un ser fuera de sí cuando trabaja dentro de ésta.

Chaplin es la manifestación de un giro cultural propio del avance del industrialismo en Europa y Estados Unidos. Junto a él, fueron otros los artistas que se interesaron en retratar las sociedades capitalistas y, principalmente, las condiciones del obrero: la visión distópica de Fritz Lang con su película Metrópolis, la poesía comprometida de Bertolt Brecht, la pintura y el teatro expresionista alemán, entre otros, interesados todos en la deshumanización de la humanidad, en la explotación obrera, en la frialdad… en el evidente rumbo errado que apuntaba la brújula de la historia.

Importante es destacar que todas estas expresiones artísticas alcanzaron su cumbre creativa en la primera mitad del siglo XX, principalmente en los períodos entre guerras (1919-1939). Pareciera que en la mitad restante, dichos asuntos han ido desapareciendo de los tinteros de literatos, cineastas y pintores. ¿Han sido olvidadas, acaso, estas problemáticas? ¿Queda el mensaje de Tiempos Modernos flotando en el aire, atrapado de vez en cuando por nostálgicos del séptimo arte, prueba sobreviviente de que hay una etapa histórica superada? ¿Existe un proletario del siglo XXI que se autorretrate con estas manifestaciones artísticas, o con los antecedentes entregados en este ensayo?

El fin de la clase obrera
Debemos entender qué se entiende por proletario: “El proletariado es la clase social que consigue sus medios de subsistencia exclusivamente de la venta de su trabajo, y no del rédito de algún capital […] Los proletarios no han existido siempre, del mismo modo que la competencia no ha sido siempre libre y desenfrenada”4. Por tanto, se entiende al proletario como una clase que ha surgido, vivido y sufrido en paralelo con el desarrollo de la industria capitalista.
La pregunta que surge es si hoy en día, finalizado el siglo XX, y con una industria que sigue creciendo de manera vertiginosa, el proletariado aún existe tal cual se concebía a inicios del pasado siglo. La respuesta no es sencilla de dilucidar, ni menos exponerla, ya que estaré dando por acabada a toda una clase social.

Lo cierto es que, de forma sistemática, la empresa capitalista se ha encargado de exterminar a la clase obrera, y no de fomentar, como se ha entendido, su propia superación. El desarrollo de maquinarias que mejoren la productividad en la industria, es la manifestación de políticas administrativas por parte del capitalista para así abaratar costos humanos, desvincularse del actuar obrero, y volver lo más eficiente posible la producción en masa.

No podemos imaginar, hoy por hoy, a un obrero que haga operar una maquinaria dependiente de la intervención humana. Todo lo contrario: el objetivo del capitalista ha sido crear una independencia efectiva de toda máquina, y la cristalización de este sueño es la robótica.

El plan del capitalista fue siempre crear una humanidad que sólo consuma los productos que le ofrece, tratando de desvincularla lo más posible de su producción intrínseca. Se ha ido desvinculando al hombre de su naturaleza humana, en el sentido de especie que produce, que crea: ahora es una especie que consume lo creado por máquinas, con un mínimo porcentaje de humanidad. El trabajo ya no vuelve hombre al hombre, ni mucho menos lo dignifica. La clase obrera, está destinada a desaparecer en medio de una sociedad industrial que se volvió, incluso fuera de todo pronóstico, totalmente automatizada, atomizada e inhumana.

Charlot, el personaje de Chaplin, no tendría cabida en un mundo con tales características. Quizás efectivamente sería un cantante, un actor, un bailarín, pero en ningún lugar sería un obrero, sino un desempleado como tantos otros.

El proletario no ha dejado de existir sólo porque su trabajo ha sido reemplazado casi en su totalidad por las máquinas. La libertad de los hombres, sumidos en un mundo desencantado y sin sentido, se ha visto amenazado por la burocratización que ha surgido del control capitalista. Para Max Weber esta burocratización se despliega, básicamente, en las figuras de la empresa moderna y del Estado moderno5.

Unido a esto, ha surgido la idea de competencia ilimitada. Esta, se manifiesta como una constante lucha por sobrevivir, en un mundo con cada vez menos cupos para participar en la tarea productiva. Albert Einstein, destacado físico, exploró en el área de las ciencias sociales con su ensayo “¿Porqué socialismo?”6, donde ahonda en esta problemática. Según él, tal competencia no hace más que producir desperdicio de trabajo, trabajo innecesario, y por consiguiente “la amputación de la conciencia social”.

Las formas en que fueron sometidos los trabajadores durante el siglo XX, las condiciones en cómo sus cuerpos fueron explotados en pos de una productividad más eficiente dentro de la industria, también fue causa de su extinción. No son coincidencia todas las muertes de mineros, operarios y constructores durante o como consecuencia de sus faenas. Foucault7 habla del biopoder, donde la vida (y muerte) de los sujetos es administrada por los que concentran el poder. La vida del obrero controlada por el capitalista, para así asegurar la producción en sus industrias.
Bajo esta idea, se suman dos nuevas formas de extinción de la clase trabajadora: por una parte, la vida y muerte del trabajador como carga para el capitalista, por lo que se buscan avances tecnológicos para desvincularse de tal condición, y por otro, el obrero que no evita el trabajo, sino que lisa y llanamente muere a causa de éste.

Por último, la eliminación del lenguaje dentro del rubro del obrero: en el siglo XX, las clases trabajadoras no podían ejecutar un lenguaje propio dentro del rol como trabajador, si no era de forma abrupta y violenta. Debemos entender al hombre como un ser lingüístico, donde su capacidad de poder surge, primero que todo, del lenguaje8. Si no se le entrega al trabajador la capacidad del lenguaje, de manifestarse, no se le entregará la capacidad de ejercer poder. Quizás, sólo quizás, sea por esto que el genio de Chaplin dejó mudo a su personaje Charlot, aún cuando el cine se había vuelto sonoro siete años antes de realizar Tiempos Modernos.

Dicha expropiación del lenguaje a la clase trabajadora, ha sido aplicada de forma sistemática en Estados que no han favorecido políticas educacionales eficientes, que aseguren su alcance para toda la sociedad, sobre todo a la clase obrera. Aquí vuelvo a poner énfasis en la idea de “mutilación de conciencia social” que propone Einstein, quien agrega: “Considero esta mutilación de los individuos el peor mal del capitalismo. Nuestro sistema educativo entero sufre de este mal”9. La falta de educación que garantice un lenguaje amplio y capaz de brindar poder al proletario, ha hecho desaparecer en éste la idea de identificarse como clase, se la ha extraído dicha conciencia, por lo que el trabajador que no se reconoce a sí mismo ni a sus pares como tal, está condenado a desaparecer.

Las consecuencias de la pérdida de identidad de clase
Tras la Revolución Industrial, y entre los siglos XIX e inicios del siglo XX, fueron varios los ideólogos que plantearon diversas formas de lucha y organización para la clase obrera, quizás previendo las eventuales condiciones que causarían su ocaso. Desde Marx, que terminaba su Manifiesto alentando a los proletarios del mundo a unirse y desencadenar así una revolución comunista, hasta políticos como Trotsky, que planteaban una revolución permanente donde los países fueran dirigidos por los trabajadores, o como Lenin, que si bien entendió que la revolución comunista no era viable como método productivo, planteó profundas reformas económicas para asegurar la dirección de la clase obrera. La mayoría se transformaron en luchas por sobrevivir, más que luchas por surgir  como clase obrera.

En Europa, el obrero se volvió parte de una masa consumista. Ha aumentado su nivel de adquisición, donde lo que obtiene es un producto ajeno a él, a su producción: es producción de otro, probablemente de una máquina. Ya no es su trabajo el que enriquece al capitalista, sino que su consumo. Ha habido un auge en el trabajo de orden intelectual-científico, a favor de lograr nuevos avances en la producción capitalista, dejando de lado una participación humana directa, de orden material, en ésta.

En América Latina y Estados Unidos la clase trabajadora sigue siendo componente importante para la producción industrial. Sin duda su capacidad de adquisición ha aumentado en la mayoría de los casos, volviéndose parte de un sector consumista cada vez más homogéneo dentro de la sociedad. Su desintegración como clase se ha visto en la pérdida de identidad, en la desesperanza, en su desidia por la lucha directa, en desentenderse de su poder.

Es muy probable que la caída del bloque soviético finisecular, y la hegemonía del sistema capitalista haya acelerado el final de la clase proletaria en gran parte del mundo. De todas formas, ese fin ya estaba presupuesto dentro de una sociedad industrial que no ha hecho mayores cambios a su esencia. Un capitalismo que plantea el inevitable desvinculo de toda producción con la carga material y humana que supone el obrero, manifestado en la inagotable carrera contra reloj que busca desarrollar tecnologías que hagan real este quiebre.

Mirada a futuro. Preguntarse un mundo sin clase trabajadora
En este ensayo he planteado, a grueso modo, aquellos antecedentes que sirven de base para dilucidar porqué pareciera no haber más interés en la cuestión social y la clase trabajadora: porque esta ya no existe, o está próxima a su muerte. Los artistas como Chaplin fueron visionarios de esta destrucción, de la anomia irreversible que estaba originando el sistema industrial moderno. Visionarios fueron aquellos que crearon salvavidas para el trabajador que se ahogaba en su miseria impuesta, pero más poderosos fueron los capitalistas que, provistos del poder, maquinaron las formas de acaudalarse sin la carga que significa la clase trabajadora.

¿Cómo afectará esta carencia de lo humano al desarrollo productivo del futuro? Si el trabajo humano está predestinado a desaparecer, y este, en su esencia, supone el uso de la creatividad propia del hombre ¿qué pasará, entonces, con el trabajo artístico, con la originalidad, con el desarrollo de lo novedoso? ¿Estamos frente a un proceso que se ha vuelto inalterable? ¿O el fin del proletariado, supone una real superación de clase?

________________________
1 Krebs, Ricardo. Breve Historia Universal. Economía y Sociedad en la Era de la Revolución Industrial. Editorial Universitaria, Santiago, 1982.
2 Marx, Karl y Engels, Friedrich. Manifiesto del Partido Comunista. 1848. Ediciones Olimpo, Santiago, 2001.
3 5 Cousiño, Carlos. La Jaula de Hierro. Revista de Estudios Públicos N°71, 1998
4 Engels, Friedrich. Principios del comunismo. Progreso, Moscú, 1970.
6 9 Einstein, Albert. ¿Porqué socialismo?. Artículo publicado en Montly Review, New York, 1949.
7 Foucault, Michel. Historia De La Sexualidad - Vol. I: La Voluntad De Saber. 1976 Editorial Siglo XXI. 1ª edición, Madrid, 2005.
8 Echeverría, Rafael. Ontología del Lenguaje. Juan Carlos Sáez Editor, Santiago, 6ª edición, 2003.

21/11/09

Entre violencia y violencia (Parte II)

Por Ismael Fernández P.

Cuando digo que el ser humano es un ser, por naturaleza, violento, no pretendo entrar en una discusión. Pero sería difícil, e incluso inconsecuente con las ideas planteadas en el primer "mini ensayo" de este blog. Porque en la discusión de una idea, se manifiesta también la violencia. En este sentido, algunos podrán estar en desacuerdo con la idea allí planteada, argumentando, quizás, que el ser humano no es por naturaleza violento, sino que esta la adquiere durante su experiencia de vida. También, que en la naturaleza no siempre se dan relaciones de violencia y competencia, en la medida que se dé un estado de equilibrio, donde "obtener algo" no implique la irremediable y violenta pérdida para otro. Pero cuando me refiero a "no pretendo entrar en discusión", quiero manifestar, en la medida de lo posible, que en TODO hay violencia. Si alguien quiere negar esta estricta afirmación, adelante, pero que quede claro que estará violentando mis postulados.

Quiero retomar mi discrepancia con la interpretación de la palabra violencia: "que está fuera de su natural estado". Cabe preguntarse, ¿cuál es nuestro natural estado? Si, por ejemplo, yo le pregunto a alguien que camina por la calle, qué hora es, y este me dice "son las dos y media", ¿seguiré yo, en mi estado natural, o seré acaso , a diferencia de mi Yo de hace un par de segundos, alguien que ahora sabe que son las dos y media? Sin duda, el cambio de mi naturaleza no ha supuesto una -aparente y experimentada- violencia: nadie que le responde la hora a quien se la pregunta está cometiendo un acto violento, mucho menos agresivo. Pero también debiésemos -y aquí vuelvo a la etimología de la palabra- aseverar que mi natural estado ya no es el mismo que el de hace unos momentos. ¿Qué podría definirse como "natural"? ¿Qué podría entenderse como algo que no cambia? Si por naturaleza entendemos lo "original", y a su vez coincidimos en que nada ha de mantenerse en su estado original, será lógico dar por hecho, entonces, que todo es violento. Se ha violado, por siempre, nuestro estado natural, nuestro hipotético estado original.

Dicho esto, creo importante generar una distinción fundamental: la violencia surge, como todo, del lenguaje humano, pero está, también, antes de éste. En definitiva, el lenguaje ha sido generado por la violencia. El ser humano es un ser que basa su existencia y el entendimiento de sí mismo y todo lo que lo rodea, a través de las significaciones que él establezca a través de un lenguaje compartido, comprendido y aceptado. Todo acto violento, por más que se "materialice", sólo tendrá sentido en la medida que se comprometa su significación dentro del lenguaje humano.Esto -ojalá se entienda- no es exclusivo de la violencia, sino de TODO sistema de significaciones, que, en conjunto, estructuran y forman el mundo (el lenguaje como generador de realidad).

En rigor, no podríamos establecer un "algo" fuera del lenguaje. Las fronteras de lo que existe -como de lo que no existe, e incluso, la existencia de las fronteras mismas- están dentro del lenguaje. Tampoco la violencia escapa a estos límites. Pero dejando de lado la eterna locuacidad de las premisas epistemológicas sobre el origen de las cosas -¿fuera o dentro del lenguaje?-, daré por hecho que éste, en definitiva, es generación -y no creación- humana. Es aquí donde puedo establecer que la violencia, existiendo en un estado pre-lingüístico, ha generado el lenguaje mismo: el ser humano primitivo -quizás-, en un constante proceso de asimilación de sus propios reflejos y características génicas, fue estableciendo las características del habla personal, de una lengua compartida, y por consiguiente, de un lenguaje definido que evolucionaría hasta el que conocemos hoy. Dicho proceso se fue complejizando en una constante de violencia: las nuevas formas de socializar con otros humanos, como la de desarrollarse en relación al mundo, de sobrevivir en él, y, a la larga, entenderlo y darlo a entender, generó un lenguaje compositivo. Sería interesante preguntarse ¿qué fue primero, si la complejidad del lenguaje o la complejidad de la sociedad? pero dicha respuesta nos haría caer de nuevo en una intriga epistemológica, de interminables aristas, y desviarnos mucho -o no tanto- del tema sobre la violencia.

Retomando, la violencia debe ser entendida en la siguiente medida: primero, que no escapa al natural estado de las cosas, sino, por el contrario, esta es natural(eza). Segundo, se manifiesta en el lenguaje humano, pero no sólo se encuentra fuera de éste, sino también lo genera. Tercero, y por conjunción, la naturaleza del humano es violenta: todo individuo, en la incapacidad de desprenderse de un lenguaje que le brinda significado y entendimiento a su existir, a través de éste obtiene su estado violento. Pero entonces, ¿que debiese entenderse por violencia? A diferencia del significado que alude el diccionario, donde la violencia "está fuera del natural estado", propongo que ésta viola -quebranta- el estado natural de las cosas. Como tal conceptualización supone una idea muy abarcadora de violencia -volviendo a la idea de que nada se mantiene en su estado original-, agregaría, en pos de concretizar ciertos ejemplos, que dicha violación supone algo abrupto al estado natural infringido. De esta forma, puede entenderse porqué la violencia muchas veces se manifiesta en forma "agresiva" o "impetuosa", por lo que el ser humano no sólo ha buscado rechazarla a través del lenguaje, sino también del actuar. La ingenuidad de dicha actitud esquiva -y como ya lo comenté en la parte I-, reside en que se evita la violencia, inevitablemente, con más violencia. Este ha sido, por lo demás, el motor de la historia humana.

14/11/09

Entre violencia y violencia.

 Por Ismael Fernández P.

Quiero inaugurar este blog, con una idea que vengo pensando hace ya algún tiempo: El ser humano es un animal que nace, vive y muere en violencia. Es más: la violencia vuelve ser al humano, convirtiéndose en una inherencia inconciente, como también conciente. Me opongo, en este sentido, a la etimología de la palabra violencia (violentia), que la define como un acto "contrario a las leyes de la naturaleza". En cambio, propongo la idea de que nuestra esencia es, definitivamente, violenta.

El primer acto violento que sufre el ser humano en su existencia, es el nacer. Se le despoja de la seguridad, del calor del vientre materno, y se le trae a un mundo de sufrimiento, frío, hambre, ruidos, luces y agitación. El llanto al nacer, es la respuesta al primer gran trauma que sufrimos como humanos: comenzar a ser. De aquí en adelante, las distintas etapas que se susciten en la vida de un individuo se darán en una relación de violencia, de agresividad permanente. Y esta característica es heredada de un componente instintivo, congénito: nuestra supervivencia –como seres vivos- depende de la competencia que entablemos con nuestros pares. Y por competencia debiésemos entender la necesidad que tiene un individuo de alcanzar cualquier cometido, a costa de extraerlo del otro.

En la competencia, el éxito de uno depende del fracaso de otro. Por esto mismo, debiésemos reconocer que no existe una “sana competencia”, pero no por eso afirmar, erróneamente, que la competencia es un “acto viciado”, “malo”, “reprochable”, y “evitable”. En la competencia encontramos una directa relación de violencia: triunfar en la medida que otro pierda, supone, inevitablemente, una disputa. Una disputa que viole el estado original del otro. En los animales, la competencia por la comida significará que algunos consigan la comida que el otro ya no tendrá. Lo mismo sucede con las posibilidades de aparearse y dejar descendencia. Todo se traduce, por tanto, en variables de violencia: disputas, hambre, muerte. Precisamente por el carácter violento de toda competencia, es que ésta no se debe evitar, ya que siempre el ser humano se ha vuelto humano a través de la violencia. Ésta, se encuentra en su plano inconciente, y es reprimida, tergiversada y negada por su conciencia moral. El recurrente mensaje “No a la violencia”, es llamar a la negación de nuestra naturalidad, a través de una represión que, de forma paradójica, también es violenta.

Somos seres violentos con nosotros mismos: la conformación del Yo se traduce en el primer conflicto que afronta el hombre durante su desarrollo, en el acto violento de negar nuestra condición instintiva en la medida que generamos significaciones culturales que reprimen nuestras características animalescas (conformación conflictiva de la conciencia moral). Desde tiempos inmemoriales, la idea de rechazar o atribuir tabúes a todo aquello referente al sexo, por ejemplo, ha supuesto una relación cultural intercedida por relaciones violentas. La cultura, en sí, supone relación de significaciones, y en éstas, emerge el conflicto. La cultura es violencia, porque viola, siempre, nuestro estado original (un “supuesto estado original”, precultural). Esto hace que las distintas culturas no se traspasen las unas a las otras como una conciliación, sino más bien como una imposición, una competencia, un choque cultural.

La historia humana ha sido una constante vorágine. La violencia intrínseca ha hecho que las disputas, las agresiones, las peleas, las guerras, los genocidios sean manifestaciones inevitables. Todas ellas, atribuidas a distintas significaciones culturales, que han ido cambiando a lo largo de los tiempos, pero siempre con una misma tónica: justificar nuestra violencia. Así, el gran genocidio y persecución que significó la Inquisición fue justificado por un paradigma que aprobaba la “violencia para proteger el Reino de Dios”. Hoy en día, en culturas del Medio-Oriente se acepta (desde una base cultural-jurídica) la violencia sistemática a las mujeres, no sólo física, también psicológica. Como sociedad occidental, volvemos tabú esa forma de violencia. La categorizamos, precisamente, como “violenta”, volviendo a atribuir al concepto, erróneamente, una significación “nociva”, “desfavorable”, “evitable”. En Medio-Oriente, en cambio, no se le atribuyen esos calificativos, pero tampoco se le atribuye como un acto violento, porque también ellos poseen la misma conceptualización para otros actos que sí consideran violentos. En Occidente, la mujer camina sin tapujos por la calle, sin atuendos que cubran su anatomía por completo: eso, en Medio-Oriente, resulta violento.

Así es como históricamente nos hemos desarrollado junto a la palabra “violencia”: evitándola, volviéndola otro de los grandes tabúes del ser humano cultural, pero, inevitablemente, conviviendo con ella, sin poder desecharla.

La violencia es el motor de la historia. El hombre, como individuo, se desarrolla a través de ésta. La sociedad, atomizada en individuos, se mueve por relaciones conflictivas, como las guerras y las revoluciones, y son éstas, a su vez, las que han originado los grandes cambios en la linealidad histórica. Mi intención de escribir esto recae, en gran parte, justamente sobre este punto: la historia humana como una construcción agresiva, belicosa. La otra parte de mi intencionalidad, por si no ha quedado claro, es dejar de ver lo conflictivo, lo violento, como un “mal”. Como “un negro que tiñe lo blanco”, donde lo violento es “incompatible” en un mundo de “paz y entendimiento”. ¿Qué es la paz, sino un violento intento por obligar a permanecer en un estado –no violento- en el que no podemos perdurar? Si no es así, entonces, que alguien me dé un ejemplo (histórico) de un estado de paz, que de manera nostálgica, debamos defender y “reencontrar”.

En la actualidad, vivimos en un mundo que pareciera haberse agotado ante tanta manifestación violenta. La agresividad que se hereda de las dos grandes guerras mundiales, de los genocidios y las tensiones entre bloques hegemónicos, todo en menos de un siglo (no más violento que otros, pero sin lugar a dudas más difundido e internalizado en la retina de todos y todas) ha hecho repeler, de manera insatisfactoria, la violencia, el conflicto. La condición post-modernista de nuestras culturas occidentales nos llama a evitar toda forma de conflicto, y los esfuerzos no sólo han recaído en un plano educativo, sino también en un actuar político, que ha propiciado un sin fin de instancias, sin precedentes, para dar “soluciones alternativas” ante cualquier inminente peligro de guerra. La diplomacia, más que nunca, ha jugado un rol ingenuo.

Pero, hoy por hoy, toda esa violencia, esa agresividad, se reprime con más violencia. Insisto: no se puede negar esta característica innata del ser humano, y evitarla, “cubrirla”, lo único que producirá será el efecto de una “olla a presión”. Así es como vemos violencia saturada en los niños, vemos violencia saturada en los medios de comunicación, vemos violencia saturada en las desigualdades económicas y de género, violencia saturada en la educación, violencia saturada en el lenguaje. La violencia entrega sentido. Pero cuando aflora, forzadamente, frente a una “paz sin sentido”, típica del status-quo impuesto por la cultura capitalista, e imperante en el discurso post-modernista, es el sentido el que se ve violentado.

No veo la violencia como un fin. Todo lo contrario, la entiendo como un fundamento, como un medio. Si el fin último es la paz, pues tendrá que ser obtenida, inevitablemente, a través de violencia. Si el fin último es la igualdad, la fraternidad, la democracia, sólo la violencia nos llevará a ella. Si el fin último es el amor, su origen, cómo no, es violento. Fortalezcamos, entonces, el amor, para así disfrutarlo entre violencia y violencia. Y si estos objetivos son asequibles o no, lo importante, siempre, será estimularnos a su búsqueda. Ahí es donde la violencia adquiere, precisamente, su carácter más humano.