14/11/09

Entre violencia y violencia.

 Por Ismael Fernández P.

Quiero inaugurar este blog, con una idea que vengo pensando hace ya algún tiempo: El ser humano es un animal que nace, vive y muere en violencia. Es más: la violencia vuelve ser al humano, convirtiéndose en una inherencia inconciente, como también conciente. Me opongo, en este sentido, a la etimología de la palabra violencia (violentia), que la define como un acto "contrario a las leyes de la naturaleza". En cambio, propongo la idea de que nuestra esencia es, definitivamente, violenta.

El primer acto violento que sufre el ser humano en su existencia, es el nacer. Se le despoja de la seguridad, del calor del vientre materno, y se le trae a un mundo de sufrimiento, frío, hambre, ruidos, luces y agitación. El llanto al nacer, es la respuesta al primer gran trauma que sufrimos como humanos: comenzar a ser. De aquí en adelante, las distintas etapas que se susciten en la vida de un individuo se darán en una relación de violencia, de agresividad permanente. Y esta característica es heredada de un componente instintivo, congénito: nuestra supervivencia –como seres vivos- depende de la competencia que entablemos con nuestros pares. Y por competencia debiésemos entender la necesidad que tiene un individuo de alcanzar cualquier cometido, a costa de extraerlo del otro.

En la competencia, el éxito de uno depende del fracaso de otro. Por esto mismo, debiésemos reconocer que no existe una “sana competencia”, pero no por eso afirmar, erróneamente, que la competencia es un “acto viciado”, “malo”, “reprochable”, y “evitable”. En la competencia encontramos una directa relación de violencia: triunfar en la medida que otro pierda, supone, inevitablemente, una disputa. Una disputa que viole el estado original del otro. En los animales, la competencia por la comida significará que algunos consigan la comida que el otro ya no tendrá. Lo mismo sucede con las posibilidades de aparearse y dejar descendencia. Todo se traduce, por tanto, en variables de violencia: disputas, hambre, muerte. Precisamente por el carácter violento de toda competencia, es que ésta no se debe evitar, ya que siempre el ser humano se ha vuelto humano a través de la violencia. Ésta, se encuentra en su plano inconciente, y es reprimida, tergiversada y negada por su conciencia moral. El recurrente mensaje “No a la violencia”, es llamar a la negación de nuestra naturalidad, a través de una represión que, de forma paradójica, también es violenta.

Somos seres violentos con nosotros mismos: la conformación del Yo se traduce en el primer conflicto que afronta el hombre durante su desarrollo, en el acto violento de negar nuestra condición instintiva en la medida que generamos significaciones culturales que reprimen nuestras características animalescas (conformación conflictiva de la conciencia moral). Desde tiempos inmemoriales, la idea de rechazar o atribuir tabúes a todo aquello referente al sexo, por ejemplo, ha supuesto una relación cultural intercedida por relaciones violentas. La cultura, en sí, supone relación de significaciones, y en éstas, emerge el conflicto. La cultura es violencia, porque viola, siempre, nuestro estado original (un “supuesto estado original”, precultural). Esto hace que las distintas culturas no se traspasen las unas a las otras como una conciliación, sino más bien como una imposición, una competencia, un choque cultural.

La historia humana ha sido una constante vorágine. La violencia intrínseca ha hecho que las disputas, las agresiones, las peleas, las guerras, los genocidios sean manifestaciones inevitables. Todas ellas, atribuidas a distintas significaciones culturales, que han ido cambiando a lo largo de los tiempos, pero siempre con una misma tónica: justificar nuestra violencia. Así, el gran genocidio y persecución que significó la Inquisición fue justificado por un paradigma que aprobaba la “violencia para proteger el Reino de Dios”. Hoy en día, en culturas del Medio-Oriente se acepta (desde una base cultural-jurídica) la violencia sistemática a las mujeres, no sólo física, también psicológica. Como sociedad occidental, volvemos tabú esa forma de violencia. La categorizamos, precisamente, como “violenta”, volviendo a atribuir al concepto, erróneamente, una significación “nociva”, “desfavorable”, “evitable”. En Medio-Oriente, en cambio, no se le atribuyen esos calificativos, pero tampoco se le atribuye como un acto violento, porque también ellos poseen la misma conceptualización para otros actos que sí consideran violentos. En Occidente, la mujer camina sin tapujos por la calle, sin atuendos que cubran su anatomía por completo: eso, en Medio-Oriente, resulta violento.

Así es como históricamente nos hemos desarrollado junto a la palabra “violencia”: evitándola, volviéndola otro de los grandes tabúes del ser humano cultural, pero, inevitablemente, conviviendo con ella, sin poder desecharla.

La violencia es el motor de la historia. El hombre, como individuo, se desarrolla a través de ésta. La sociedad, atomizada en individuos, se mueve por relaciones conflictivas, como las guerras y las revoluciones, y son éstas, a su vez, las que han originado los grandes cambios en la linealidad histórica. Mi intención de escribir esto recae, en gran parte, justamente sobre este punto: la historia humana como una construcción agresiva, belicosa. La otra parte de mi intencionalidad, por si no ha quedado claro, es dejar de ver lo conflictivo, lo violento, como un “mal”. Como “un negro que tiñe lo blanco”, donde lo violento es “incompatible” en un mundo de “paz y entendimiento”. ¿Qué es la paz, sino un violento intento por obligar a permanecer en un estado –no violento- en el que no podemos perdurar? Si no es así, entonces, que alguien me dé un ejemplo (histórico) de un estado de paz, que de manera nostálgica, debamos defender y “reencontrar”.

En la actualidad, vivimos en un mundo que pareciera haberse agotado ante tanta manifestación violenta. La agresividad que se hereda de las dos grandes guerras mundiales, de los genocidios y las tensiones entre bloques hegemónicos, todo en menos de un siglo (no más violento que otros, pero sin lugar a dudas más difundido e internalizado en la retina de todos y todas) ha hecho repeler, de manera insatisfactoria, la violencia, el conflicto. La condición post-modernista de nuestras culturas occidentales nos llama a evitar toda forma de conflicto, y los esfuerzos no sólo han recaído en un plano educativo, sino también en un actuar político, que ha propiciado un sin fin de instancias, sin precedentes, para dar “soluciones alternativas” ante cualquier inminente peligro de guerra. La diplomacia, más que nunca, ha jugado un rol ingenuo.

Pero, hoy por hoy, toda esa violencia, esa agresividad, se reprime con más violencia. Insisto: no se puede negar esta característica innata del ser humano, y evitarla, “cubrirla”, lo único que producirá será el efecto de una “olla a presión”. Así es como vemos violencia saturada en los niños, vemos violencia saturada en los medios de comunicación, vemos violencia saturada en las desigualdades económicas y de género, violencia saturada en la educación, violencia saturada en el lenguaje. La violencia entrega sentido. Pero cuando aflora, forzadamente, frente a una “paz sin sentido”, típica del status-quo impuesto por la cultura capitalista, e imperante en el discurso post-modernista, es el sentido el que se ve violentado.

No veo la violencia como un fin. Todo lo contrario, la entiendo como un fundamento, como un medio. Si el fin último es la paz, pues tendrá que ser obtenida, inevitablemente, a través de violencia. Si el fin último es la igualdad, la fraternidad, la democracia, sólo la violencia nos llevará a ella. Si el fin último es el amor, su origen, cómo no, es violento. Fortalezcamos, entonces, el amor, para así disfrutarlo entre violencia y violencia. Y si estos objetivos son asequibles o no, lo importante, siempre, será estimularnos a su búsqueda. Ahí es donde la violencia adquiere, precisamente, su carácter más humano.