…Then they bring them to the factory
where the heart-attack machine
is strapped across their shoulders.
- Bob Dylan
where the heart-attack machine
is strapped across their shoulders.
- Bob Dylan
Por Ismael Fernández P.
En la historia de la humanidad se han dado diversas relaciones sociales entre las clases que componen dichas sociedades. Así, tenemos a los amos que dominaron a los esclavos, a los nobles y su relación señorial con los siervos, y en la sociedad capitalista, que caracteriza los últimos siglos de nuestra historia, vemos la existencia de la relación entre burguesía y clase obrera asalariada.
En el siguiente ensayo desarrollaré la idea del fin del proletariado como clase social, y cómo el sistema capitalista ha creado, en su beneficio, las instancias propicias para este desenlace. Siguiendo un orden argumentativo, entregaré antecedentes de las circunstancias que determinaron las condiciones materiales de existencia de la clase obrera del siglo pasado, y como la aparente despreocupación de las artes en las últimas décadas ha activado la alarma que nos hace preguntar ¿por qué ya no hay interés en la clase obrera y sus condiciones sociales?
Los avances en la industria y las condiciones del proletariado urbano
La industria que ha caracterizado a las sociedades modernas, tuvo sus inicios en la Revolución Industrial a fines del siglo XVIII. Hasta la fecha, diferentes avances tecnológicos han cambiado las formas de vida de cada uno de los actores de estas sociedades: desde la creación de la primera máquina de vapor por James Watt en 1768, la invención del primer motor eléctrico, el dínamo, por Siemens en 1866, hasta el motor con mecanismos en base a petróleo diseñado en 1883 por Diesel. El trabajo del hombre comenzó a ser reemplazado por un trabajo hecho por máquinas, que suponía no sólo un adelanto para la productividad, sino que una mejora en los productos ofrecidos para el consumo humano.
Todos estos avances, presumieron una mejor calidad de vida para las personas que componían sociedades cada vez más complejizadas, pero fue la misma historia y su devenir accidentado la que dio a conocer un panorama muy distinto, más bien desolador.
Con la Revolución Industrial, la historia de los distintos pueblos se convirtió en historia mundial y global, en historia de un mundo único1. Por tanto, el tema de la cuestión social y las condiciones del proletariado urbano se volvieron también globales: una clase obrera universal caracterizada por las precarias condiciones de vida, su papel cada vez menos protagónico en la producción industrial-burguesa, y obligada a sobrevivir dentro de una creciente división del trabajo.
Es así como Marx y Engels nos hablan de una clase obrera diseminada y disgregada por la competencia. Una industria dominante que “ha transformado el pequeño taller del maestro patriarcal en la gran fábrica del capitalista industrial”2. Obreros que han sido arrancados de sus raíces humanas, para ser convertidos en sujetos alienados que aseguren el andar de fríos aparatos, bajo el precio de ser considerados como tales, incluso menos. El hombre como mero apéndice de una máquina, según Marx3.
La preocupación en el arte, la crítica social y el retrato del obrero
El tema de la alienación que sufre el hombre de su propio trabajo, es caricaturizado con maestría por Charles Chaplin en su película Tiempos Modernos (1936), bajo un claro sentido de crítica social. A través de su famoso personaje, Charlot, grafica las condiciones de empleo que sufre la sociedad industrial a principios del siglo XX, época caracterizada por la producción en cadena y el desarrollo de maquinaria pesada, la organización taylorista del trabajo, crisis económicas y los consecuentes índices de desempleo.
En Tiempos Modernos vemos a un obrero vuelto un ser disímil a su trabajo, inmerso en la competencia, en el constante miedo a perder su fuente de empleo, y a la violencia que todo eso conlleva. Charlot se vuelve un ser en sí cuando está lejos de la fábrica, apartado de la presión de un trabajo que no le es suyo, y se vuelve un ser fuera de sí cuando trabaja dentro de ésta.
Chaplin es la manifestación de un giro cultural propio del avance del industrialismo en Europa y Estados Unidos. Junto a él, fueron otros los artistas que se interesaron en retratar las sociedades capitalistas y, principalmente, las condiciones del obrero: la visión distópica de Fritz Lang con su película Metrópolis, la poesía comprometida de Bertolt Brecht, la pintura y el teatro expresionista alemán, entre otros, interesados todos en la deshumanización de la humanidad, en la explotación obrera, en la frialdad… en el evidente rumbo errado que apuntaba la brújula de la historia.
Importante es destacar que todas estas expresiones artísticas alcanzaron su cumbre creativa en la primera mitad del siglo XX, principalmente en los períodos entre guerras (1919-1939). Pareciera que en la mitad restante, dichos asuntos han ido desapareciendo de los tinteros de literatos, cineastas y pintores. ¿Han sido olvidadas, acaso, estas problemáticas? ¿Queda el mensaje de Tiempos Modernos flotando en el aire, atrapado de vez en cuando por nostálgicos del séptimo arte, prueba sobreviviente de que hay una etapa histórica superada? ¿Existe un proletario del siglo XXI que se autorretrate con estas manifestaciones artísticas, o con los antecedentes entregados en este ensayo?
El fin de la clase obrera
Debemos entender qué se entiende por proletario: “El proletariado es la clase social que consigue sus medios de subsistencia exclusivamente de la venta de su trabajo, y no del rédito de algún capital […] Los proletarios no han existido siempre, del mismo modo que la competencia no ha sido siempre libre y desenfrenada”4. Por tanto, se entiende al proletario como una clase que ha surgido, vivido y sufrido en paralelo con el desarrollo de la industria capitalista.
La pregunta que surge es si hoy en día, finalizado el siglo XX, y con una industria que sigue creciendo de manera vertiginosa, el proletariado aún existe tal cual se concebía a inicios del pasado siglo. La respuesta no es sencilla de dilucidar, ni menos exponerla, ya que estaré dando por acabada a toda una clase social.
Lo cierto es que, de forma sistemática, la empresa capitalista se ha encargado de exterminar a la clase obrera, y no de fomentar, como se ha entendido, su propia superación. El desarrollo de maquinarias que mejoren la productividad en la industria, es la manifestación de políticas administrativas por parte del capitalista para así abaratar costos humanos, desvincularse del actuar obrero, y volver lo más eficiente posible la producción en masa.
No podemos imaginar, hoy por hoy, a un obrero que haga operar una maquinaria dependiente de la intervención humana. Todo lo contrario: el objetivo del capitalista ha sido crear una independencia efectiva de toda máquina, y la cristalización de este sueño es la robótica.
El plan del capitalista fue siempre crear una humanidad que sólo consuma los productos que le ofrece, tratando de desvincularla lo más posible de su producción intrínseca. Se ha ido desvinculando al hombre de su naturaleza humana, en el sentido de especie que produce, que crea: ahora es una especie que consume lo creado por máquinas, con un mínimo porcentaje de humanidad. El trabajo ya no vuelve hombre al hombre, ni mucho menos lo dignifica. La clase obrera, está destinada a desaparecer en medio de una sociedad industrial que se volvió, incluso fuera de todo pronóstico, totalmente automatizada, atomizada e inhumana.
Charlot, el personaje de Chaplin, no tendría cabida en un mundo con tales características. Quizás efectivamente sería un cantante, un actor, un bailarín, pero en ningún lugar sería un obrero, sino un desempleado como tantos otros.
El proletario no ha dejado de existir sólo porque su trabajo ha sido reemplazado casi en su totalidad por las máquinas. La libertad de los hombres, sumidos en un mundo desencantado y sin sentido, se ha visto amenazado por la burocratización que ha surgido del control capitalista. Para Max Weber esta burocratización se despliega, básicamente, en las figuras de la empresa moderna y del Estado moderno5.
Unido a esto, ha surgido la idea de competencia ilimitada. Esta, se manifiesta como una constante lucha por sobrevivir, en un mundo con cada vez menos cupos para participar en la tarea productiva. Albert Einstein, destacado físico, exploró en el área de las ciencias sociales con su ensayo “¿Porqué socialismo?”6, donde ahonda en esta problemática. Según él, tal competencia no hace más que producir desperdicio de trabajo, trabajo innecesario, y por consiguiente “la amputación de la conciencia social”.
Las formas en que fueron sometidos los trabajadores durante el siglo XX, las condiciones en cómo sus cuerpos fueron explotados en pos de una productividad más eficiente dentro de la industria, también fue causa de su extinción. No son coincidencia todas las muertes de mineros, operarios y constructores durante o como consecuencia de sus faenas. Foucault7 habla del biopoder, donde la vida (y muerte) de los sujetos es administrada por los que concentran el poder. La vida del obrero controlada por el capitalista, para así asegurar la producción en sus industrias.
Bajo esta idea, se suman dos nuevas formas de extinción de la clase trabajadora: por una parte, la vida y muerte del trabajador como carga para el capitalista, por lo que se buscan avances tecnológicos para desvincularse de tal condición, y por otro, el obrero que no evita el trabajo, sino que lisa y llanamente muere a causa de éste.
Por último, la eliminación del lenguaje dentro del rubro del obrero: en el siglo XX, las clases trabajadoras no podían ejecutar un lenguaje propio dentro del rol como trabajador, si no era de forma abrupta y violenta. Debemos entender al hombre como un ser lingüístico, donde su capacidad de poder surge, primero que todo, del lenguaje8. Si no se le entrega al trabajador la capacidad del lenguaje, de manifestarse, no se le entregará la capacidad de ejercer poder. Quizás, sólo quizás, sea por esto que el genio de Chaplin dejó mudo a su personaje Charlot, aún cuando el cine se había vuelto sonoro siete años antes de realizar Tiempos Modernos.
Dicha expropiación del lenguaje a la clase trabajadora, ha sido aplicada de forma sistemática en Estados que no han favorecido políticas educacionales eficientes, que aseguren su alcance para toda la sociedad, sobre todo a la clase obrera. Aquí vuelvo a poner énfasis en la idea de “mutilación de conciencia social” que propone Einstein, quien agrega: “Considero esta mutilación de los individuos el peor mal del capitalismo. Nuestro sistema educativo entero sufre de este mal”9. La falta de educación que garantice un lenguaje amplio y capaz de brindar poder al proletario, ha hecho desaparecer en éste la idea de identificarse como clase, se la ha extraído dicha conciencia, por lo que el trabajador que no se reconoce a sí mismo ni a sus pares como tal, está condenado a desaparecer.
Las consecuencias de la pérdida de identidad de clase
Tras la Revolución Industrial, y entre los siglos XIX e inicios del siglo XX, fueron varios los ideólogos que plantearon diversas formas de lucha y organización para la clase obrera, quizás previendo las eventuales condiciones que causarían su ocaso. Desde Marx, que terminaba su Manifiesto alentando a los proletarios del mundo a unirse y desencadenar así una revolución comunista, hasta políticos como Trotsky, que planteaban una revolución permanente donde los países fueran dirigidos por los trabajadores, o como Lenin, que si bien entendió que la revolución comunista no era viable como método productivo, planteó profundas reformas económicas para asegurar la dirección de la clase obrera. La mayoría se transformaron en luchas por sobrevivir, más que luchas por surgir como clase obrera.
En Europa, el obrero se volvió parte de una masa consumista. Ha aumentado su nivel de adquisición, donde lo que obtiene es un producto ajeno a él, a su producción: es producción de otro, probablemente de una máquina. Ya no es su trabajo el que enriquece al capitalista, sino que su consumo. Ha habido un auge en el trabajo de orden intelectual-científico, a favor de lograr nuevos avances en la producción capitalista, dejando de lado una participación humana directa, de orden material, en ésta.
En América Latina y Estados Unidos la clase trabajadora sigue siendo componente importante para la producción industrial. Sin duda su capacidad de adquisición ha aumentado en la mayoría de los casos, volviéndose parte de un sector consumista cada vez más homogéneo dentro de la sociedad. Su desintegración como clase se ha visto en la pérdida de identidad, en la desesperanza, en su desidia por la lucha directa, en desentenderse de su poder.
Es muy probable que la caída del bloque soviético finisecular, y la hegemonía del sistema capitalista haya acelerado el final de la clase proletaria en gran parte del mundo. De todas formas, ese fin ya estaba presupuesto dentro de una sociedad industrial que no ha hecho mayores cambios a su esencia. Un capitalismo que plantea el inevitable desvinculo de toda producción con la carga material y humana que supone el obrero, manifestado en la inagotable carrera contra reloj que busca desarrollar tecnologías que hagan real este quiebre.
Mirada a futuro. Preguntarse un mundo sin clase trabajadora
En este ensayo he planteado, a grueso modo, aquellos antecedentes que sirven de base para dilucidar porqué pareciera no haber más interés en la cuestión social y la clase trabajadora: porque esta ya no existe, o está próxima a su muerte. Los artistas como Chaplin fueron visionarios de esta destrucción, de la anomia irreversible que estaba originando el sistema industrial moderno. Visionarios fueron aquellos que crearon salvavidas para el trabajador que se ahogaba en su miseria impuesta, pero más poderosos fueron los capitalistas que, provistos del poder, maquinaron las formas de acaudalarse sin la carga que significa la clase trabajadora.
¿Cómo afectará esta carencia de lo humano al desarrollo productivo del futuro? Si el trabajo humano está predestinado a desaparecer, y este, en su esencia, supone el uso de la creatividad propia del hombre ¿qué pasará, entonces, con el trabajo artístico, con la originalidad, con el desarrollo de lo novedoso? ¿Estamos frente a un proceso que se ha vuelto inalterable? ¿O el fin del proletariado, supone una real superación de clase?
En el siguiente ensayo desarrollaré la idea del fin del proletariado como clase social, y cómo el sistema capitalista ha creado, en su beneficio, las instancias propicias para este desenlace. Siguiendo un orden argumentativo, entregaré antecedentes de las circunstancias que determinaron las condiciones materiales de existencia de la clase obrera del siglo pasado, y como la aparente despreocupación de las artes en las últimas décadas ha activado la alarma que nos hace preguntar ¿por qué ya no hay interés en la clase obrera y sus condiciones sociales?
Los avances en la industria y las condiciones del proletariado urbano
La industria que ha caracterizado a las sociedades modernas, tuvo sus inicios en la Revolución Industrial a fines del siglo XVIII. Hasta la fecha, diferentes avances tecnológicos han cambiado las formas de vida de cada uno de los actores de estas sociedades: desde la creación de la primera máquina de vapor por James Watt en 1768, la invención del primer motor eléctrico, el dínamo, por Siemens en 1866, hasta el motor con mecanismos en base a petróleo diseñado en 1883 por Diesel. El trabajo del hombre comenzó a ser reemplazado por un trabajo hecho por máquinas, que suponía no sólo un adelanto para la productividad, sino que una mejora en los productos ofrecidos para el consumo humano.
Todos estos avances, presumieron una mejor calidad de vida para las personas que componían sociedades cada vez más complejizadas, pero fue la misma historia y su devenir accidentado la que dio a conocer un panorama muy distinto, más bien desolador.
Con la Revolución Industrial, la historia de los distintos pueblos se convirtió en historia mundial y global, en historia de un mundo único1. Por tanto, el tema de la cuestión social y las condiciones del proletariado urbano se volvieron también globales: una clase obrera universal caracterizada por las precarias condiciones de vida, su papel cada vez menos protagónico en la producción industrial-burguesa, y obligada a sobrevivir dentro de una creciente división del trabajo.
Es así como Marx y Engels nos hablan de una clase obrera diseminada y disgregada por la competencia. Una industria dominante que “ha transformado el pequeño taller del maestro patriarcal en la gran fábrica del capitalista industrial”2. Obreros que han sido arrancados de sus raíces humanas, para ser convertidos en sujetos alienados que aseguren el andar de fríos aparatos, bajo el precio de ser considerados como tales, incluso menos. El hombre como mero apéndice de una máquina, según Marx3.
La preocupación en el arte, la crítica social y el retrato del obrero
El tema de la alienación que sufre el hombre de su propio trabajo, es caricaturizado con maestría por Charles Chaplin en su película Tiempos Modernos (1936), bajo un claro sentido de crítica social. A través de su famoso personaje, Charlot, grafica las condiciones de empleo que sufre la sociedad industrial a principios del siglo XX, época caracterizada por la producción en cadena y el desarrollo de maquinaria pesada, la organización taylorista del trabajo, crisis económicas y los consecuentes índices de desempleo.
En Tiempos Modernos vemos a un obrero vuelto un ser disímil a su trabajo, inmerso en la competencia, en el constante miedo a perder su fuente de empleo, y a la violencia que todo eso conlleva. Charlot se vuelve un ser en sí cuando está lejos de la fábrica, apartado de la presión de un trabajo que no le es suyo, y se vuelve un ser fuera de sí cuando trabaja dentro de ésta.
Chaplin es la manifestación de un giro cultural propio del avance del industrialismo en Europa y Estados Unidos. Junto a él, fueron otros los artistas que se interesaron en retratar las sociedades capitalistas y, principalmente, las condiciones del obrero: la visión distópica de Fritz Lang con su película Metrópolis, la poesía comprometida de Bertolt Brecht, la pintura y el teatro expresionista alemán, entre otros, interesados todos en la deshumanización de la humanidad, en la explotación obrera, en la frialdad… en el evidente rumbo errado que apuntaba la brújula de la historia.
Importante es destacar que todas estas expresiones artísticas alcanzaron su cumbre creativa en la primera mitad del siglo XX, principalmente en los períodos entre guerras (1919-1939). Pareciera que en la mitad restante, dichos asuntos han ido desapareciendo de los tinteros de literatos, cineastas y pintores. ¿Han sido olvidadas, acaso, estas problemáticas? ¿Queda el mensaje de Tiempos Modernos flotando en el aire, atrapado de vez en cuando por nostálgicos del séptimo arte, prueba sobreviviente de que hay una etapa histórica superada? ¿Existe un proletario del siglo XXI que se autorretrate con estas manifestaciones artísticas, o con los antecedentes entregados en este ensayo?
El fin de la clase obrera
Debemos entender qué se entiende por proletario: “El proletariado es la clase social que consigue sus medios de subsistencia exclusivamente de la venta de su trabajo, y no del rédito de algún capital […] Los proletarios no han existido siempre, del mismo modo que la competencia no ha sido siempre libre y desenfrenada”4. Por tanto, se entiende al proletario como una clase que ha surgido, vivido y sufrido en paralelo con el desarrollo de la industria capitalista.
La pregunta que surge es si hoy en día, finalizado el siglo XX, y con una industria que sigue creciendo de manera vertiginosa, el proletariado aún existe tal cual se concebía a inicios del pasado siglo. La respuesta no es sencilla de dilucidar, ni menos exponerla, ya que estaré dando por acabada a toda una clase social.
Lo cierto es que, de forma sistemática, la empresa capitalista se ha encargado de exterminar a la clase obrera, y no de fomentar, como se ha entendido, su propia superación. El desarrollo de maquinarias que mejoren la productividad en la industria, es la manifestación de políticas administrativas por parte del capitalista para así abaratar costos humanos, desvincularse del actuar obrero, y volver lo más eficiente posible la producción en masa.
No podemos imaginar, hoy por hoy, a un obrero que haga operar una maquinaria dependiente de la intervención humana. Todo lo contrario: el objetivo del capitalista ha sido crear una independencia efectiva de toda máquina, y la cristalización de este sueño es la robótica.
El plan del capitalista fue siempre crear una humanidad que sólo consuma los productos que le ofrece, tratando de desvincularla lo más posible de su producción intrínseca. Se ha ido desvinculando al hombre de su naturaleza humana, en el sentido de especie que produce, que crea: ahora es una especie que consume lo creado por máquinas, con un mínimo porcentaje de humanidad. El trabajo ya no vuelve hombre al hombre, ni mucho menos lo dignifica. La clase obrera, está destinada a desaparecer en medio de una sociedad industrial que se volvió, incluso fuera de todo pronóstico, totalmente automatizada, atomizada e inhumana.
Charlot, el personaje de Chaplin, no tendría cabida en un mundo con tales características. Quizás efectivamente sería un cantante, un actor, un bailarín, pero en ningún lugar sería un obrero, sino un desempleado como tantos otros.
El proletario no ha dejado de existir sólo porque su trabajo ha sido reemplazado casi en su totalidad por las máquinas. La libertad de los hombres, sumidos en un mundo desencantado y sin sentido, se ha visto amenazado por la burocratización que ha surgido del control capitalista. Para Max Weber esta burocratización se despliega, básicamente, en las figuras de la empresa moderna y del Estado moderno5.
Unido a esto, ha surgido la idea de competencia ilimitada. Esta, se manifiesta como una constante lucha por sobrevivir, en un mundo con cada vez menos cupos para participar en la tarea productiva. Albert Einstein, destacado físico, exploró en el área de las ciencias sociales con su ensayo “¿Porqué socialismo?”6, donde ahonda en esta problemática. Según él, tal competencia no hace más que producir desperdicio de trabajo, trabajo innecesario, y por consiguiente “la amputación de la conciencia social”.
Las formas en que fueron sometidos los trabajadores durante el siglo XX, las condiciones en cómo sus cuerpos fueron explotados en pos de una productividad más eficiente dentro de la industria, también fue causa de su extinción. No son coincidencia todas las muertes de mineros, operarios y constructores durante o como consecuencia de sus faenas. Foucault7 habla del biopoder, donde la vida (y muerte) de los sujetos es administrada por los que concentran el poder. La vida del obrero controlada por el capitalista, para así asegurar la producción en sus industrias.
Bajo esta idea, se suman dos nuevas formas de extinción de la clase trabajadora: por una parte, la vida y muerte del trabajador como carga para el capitalista, por lo que se buscan avances tecnológicos para desvincularse de tal condición, y por otro, el obrero que no evita el trabajo, sino que lisa y llanamente muere a causa de éste.
Por último, la eliminación del lenguaje dentro del rubro del obrero: en el siglo XX, las clases trabajadoras no podían ejecutar un lenguaje propio dentro del rol como trabajador, si no era de forma abrupta y violenta. Debemos entender al hombre como un ser lingüístico, donde su capacidad de poder surge, primero que todo, del lenguaje8. Si no se le entrega al trabajador la capacidad del lenguaje, de manifestarse, no se le entregará la capacidad de ejercer poder. Quizás, sólo quizás, sea por esto que el genio de Chaplin dejó mudo a su personaje Charlot, aún cuando el cine se había vuelto sonoro siete años antes de realizar Tiempos Modernos.
Dicha expropiación del lenguaje a la clase trabajadora, ha sido aplicada de forma sistemática en Estados que no han favorecido políticas educacionales eficientes, que aseguren su alcance para toda la sociedad, sobre todo a la clase obrera. Aquí vuelvo a poner énfasis en la idea de “mutilación de conciencia social” que propone Einstein, quien agrega: “Considero esta mutilación de los individuos el peor mal del capitalismo. Nuestro sistema educativo entero sufre de este mal”9. La falta de educación que garantice un lenguaje amplio y capaz de brindar poder al proletario, ha hecho desaparecer en éste la idea de identificarse como clase, se la ha extraído dicha conciencia, por lo que el trabajador que no se reconoce a sí mismo ni a sus pares como tal, está condenado a desaparecer.
Las consecuencias de la pérdida de identidad de clase
Tras la Revolución Industrial, y entre los siglos XIX e inicios del siglo XX, fueron varios los ideólogos que plantearon diversas formas de lucha y organización para la clase obrera, quizás previendo las eventuales condiciones que causarían su ocaso. Desde Marx, que terminaba su Manifiesto alentando a los proletarios del mundo a unirse y desencadenar así una revolución comunista, hasta políticos como Trotsky, que planteaban una revolución permanente donde los países fueran dirigidos por los trabajadores, o como Lenin, que si bien entendió que la revolución comunista no era viable como método productivo, planteó profundas reformas económicas para asegurar la dirección de la clase obrera. La mayoría se transformaron en luchas por sobrevivir, más que luchas por surgir como clase obrera.
En Europa, el obrero se volvió parte de una masa consumista. Ha aumentado su nivel de adquisición, donde lo que obtiene es un producto ajeno a él, a su producción: es producción de otro, probablemente de una máquina. Ya no es su trabajo el que enriquece al capitalista, sino que su consumo. Ha habido un auge en el trabajo de orden intelectual-científico, a favor de lograr nuevos avances en la producción capitalista, dejando de lado una participación humana directa, de orden material, en ésta.
En América Latina y Estados Unidos la clase trabajadora sigue siendo componente importante para la producción industrial. Sin duda su capacidad de adquisición ha aumentado en la mayoría de los casos, volviéndose parte de un sector consumista cada vez más homogéneo dentro de la sociedad. Su desintegración como clase se ha visto en la pérdida de identidad, en la desesperanza, en su desidia por la lucha directa, en desentenderse de su poder.
Es muy probable que la caída del bloque soviético finisecular, y la hegemonía del sistema capitalista haya acelerado el final de la clase proletaria en gran parte del mundo. De todas formas, ese fin ya estaba presupuesto dentro de una sociedad industrial que no ha hecho mayores cambios a su esencia. Un capitalismo que plantea el inevitable desvinculo de toda producción con la carga material y humana que supone el obrero, manifestado en la inagotable carrera contra reloj que busca desarrollar tecnologías que hagan real este quiebre.
Mirada a futuro. Preguntarse un mundo sin clase trabajadora
En este ensayo he planteado, a grueso modo, aquellos antecedentes que sirven de base para dilucidar porqué pareciera no haber más interés en la cuestión social y la clase trabajadora: porque esta ya no existe, o está próxima a su muerte. Los artistas como Chaplin fueron visionarios de esta destrucción, de la anomia irreversible que estaba originando el sistema industrial moderno. Visionarios fueron aquellos que crearon salvavidas para el trabajador que se ahogaba en su miseria impuesta, pero más poderosos fueron los capitalistas que, provistos del poder, maquinaron las formas de acaudalarse sin la carga que significa la clase trabajadora.
¿Cómo afectará esta carencia de lo humano al desarrollo productivo del futuro? Si el trabajo humano está predestinado a desaparecer, y este, en su esencia, supone el uso de la creatividad propia del hombre ¿qué pasará, entonces, con el trabajo artístico, con la originalidad, con el desarrollo de lo novedoso? ¿Estamos frente a un proceso que se ha vuelto inalterable? ¿O el fin del proletariado, supone una real superación de clase?
1 Krebs, Ricardo. Breve Historia Universal. Economía y Sociedad en la Era de la Revolución Industrial. Editorial Universitaria, Santiago, 1982.
2 Marx, Karl y Engels, Friedrich. Manifiesto del Partido Comunista. 1848. Ediciones Olimpo, Santiago, 2001.
3 5 Cousiño, Carlos. La Jaula de Hierro. Revista de Estudios Públicos N°71, 1998
4 Engels, Friedrich. Principios del comunismo. Progreso, Moscú, 1970.
6 9 Einstein, Albert. ¿Porqué socialismo?. Artículo publicado en Montly Review, New York, 1949.
7 Foucault, Michel. Historia De La Sexualidad - Vol. I: La Voluntad De Saber. 1976 Editorial Siglo XXI. 1ª edición, Madrid, 2005.
8 Echeverría, Rafael. Ontología del Lenguaje. Juan Carlos Sáez Editor, Santiago, 6ª edición, 2003.
